Festival de cine alemán: Speed, en busca del tiempo perdido

Dentro de mi selección del Festival (hay algunas películas que parecen más prescindibles que otras) estaba Speed y no me preguntéis por qué, porque ni conozco al director, ni sé si había hecho algo antes, ni me emocionan los documentales porque para realismo ya tengo la vida diaria que se pasa uno todo el día viendo un documental, normalmente muy entretenido, pero documental al fin y al cabo: nada de fantasía ni ciencia ficción. 
Como iba diciendo, opté por Speed porque me interesaba el tema: la velocidad y la falta de tiempo. A mi me pasa lo que al director de este documental que parece que no tengo tiempo para nada aunque a veces vaya muy deprisa. Me pasa a mi... y al 99% de la población que me rodea (entre el 1% restante está mi hermano Claudio que no morirá precisamente de un infarto). En definitiva, que como es un mal muy común, pensé que sería interesante. Visualmente, además, el trailer me había convencido. 
Narrado en primerísima persona, la película cuenta la investigación que Florian Opitz hace para encontrar lo que él llama el tiempo perdido y para descubrir las razones del stress generalizado que sufrimos. En su periplo mundial me entero de lo que es el Burnout (tengo algunos síntomas), veo a un directivo de banco que -con el bolsillo lleno, eso si- se marcha a la montaña a pelar patatas y preparar comidas en un refugio, escucho el testimonio de una familia encantada de dedicarse a ordeñar vacas y a fabricar queso, contemplo estupefacta que en un país llamado Bután, donde reina la calma, miden la felicidad nacional bruta y me maravillo de que un periodista alemán haya conseguido sobrevivir a seis meses de ayuno digital (tuvo que reaprender a utilizar un fax!)
No es que el documental aporte ninguna fórmula mágica y, de hecho, la moraleja final es que cada uno tiene que desacelerarse a su modo... pero lo que si queda claro es que, desde que convertimos el tiempo en dinero (una de las primeras consecuencias del capitalismo salvaje en el que nos movemos), empezamos a tener más cosas... y menos tiempo para dedicar a lo importante. Un pésimo negocio, del que, sin embargo, como cualquier barata adicción, cuesta sangre salir.

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