The Bling Ring: Pijas y famosas

Entre octubre de 2008 y agosto de 2009 un grupo de post-adolescentes obsesionados por la fama se dedicaron a robar objetos de lujo en casa de celebrities. La información que necesitaban para acceder a las exclusivas mansiones estaba en la red: por Facebook y webs se enteraban de cuando los famosos estarían en alguna fiesta y por Google maps espiaban la situación y acceso de las casas. Entraban, robaban y se fotografiaban en Facebook con sus “presas” (bolsos de Chanel, bisutería de alta gama y exclusivos Louboutins). Con semejante exhibición, no tardaron mucho tiempo en pillarlos (hablo en masculino porque había un chico pero el grueso de la banda era femenino).

A partir de un reportaje en el Vanity Fair que recorría las andanzas de esta panda de pijos, Sofía Coppola rueda una cinta que vuelve a algunos de los temas recurrentes en su filmografía: la juventud, la obsesión por la belleza y la imagen, y la insatisfacción vital y el aburrimiento existencial de tantos. 

También se repiten sus pautas de estilo; una estética cercana al videoclip, una fotografía quemada y música, mucha música. A este cocktail añade un ingrediente que ya me sorprendió –no precisamente para bien- en Somewhere, y que consiste en alternar esta estética videoclipera con largas escenas contemplativas en las que apenas pasa nada. En Somewhere nos tuvo minutos dando vueltas por una misma carretera y aquí observando desde lejos, desde fuera y con escasa visibilidad uno de los robos. No sé si es un recurso para que el espectador sienta empatía con el aburrimiento de los personajes o un guiño a Abbas Kiarostami pero, sea lo uno o lo otro, sobra.

De todas formas, el principal pero de esta película no es el estilo: es su incapacidad para aprovechar un argumento interesante y un buen elenco de actores emergentes (en el que destaca Emma Watson). El problema es su estancamiento narrativo, su falta de desarrollo, su absoluta falta de ironía y crítica social (solo presente en el ultimísimo tramo final). Una historia así no puede contarse desde la banalidad y el vacío, que es precisamente lo que Coppola –empeñada en no juzgar y quizás mimetizada por su propia tendencia al pijerío- hace. 

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