Buen cine del 2013: Todos queremos lo mejor para ella


Geni tiene un buen trabajo, una posición económica de­sahogada y un matrimonio feliz… o quizás, tenía… Ge­ni ha superado un grave accidente, las heridas físicas se han curado pero hay otras heridas más difíciles de cerrar. Después de un prometedor debut, la joven ci­neasta catalana Mar Coll (Tres días con la familia) da un paso de gigante con una película dura, durísi­ma, de ésas que te dejan noqueada y que, al mismo tiem­po, o quizás por eso, se quedan en la cabeza durante mucho tiempo.

Dice Coll que ella quería contar el día después de su­frir un trauma, y esto exactamente es lo que cuenta. Que es lo que sucede cuando a los treinta, a los cuarenta o a los cincuenta una vida asentada se derrum­ba. Y para derrumbarse no hace falta mucho. Un acci­dente. Una enfermedad. Una crisis. O simplemente la vejez. Y cuando se derrumba te das cuenta de que qui­zás se ha derrumbado porque el cimiento no era tan sólido como tú pensabas. O a lo mejor sí lo era y la vida consiste en esto. Al fin y al cabo, el seguro a to­do riesgo existencial no existe. Y tienes que empezar de nuevo, pero de otra forma. Y el resto están o no. Y en el mejor de los casos, si están, no son tú. Y si eres la contraparte tendrás que hacerlo lo mejor posible, pe­ro siendo consciente de que el ser humano es un ser li­mitado. Por naturaleza.

Lo duro de la película de Coll es que lo que observas du­rante 100 minutos en la pantalla te puede pasar a ti, es más, de una forma o de otra, te va a pasar a ti. O, sencillamente, le está pasando ahora a alguien que tie­nes cerca. La cineasta catalana, ayudada de un convincente reparto, donde destaca una estupenda Nora Na­vas, y de un guión muy bien escrito, sabe jugar esa ba­za para involucrar al espectador en una historia que po­dría ser la de cualquiera. Y una vez situado el espec­ta­dor a la misma altura que la protagonista, sufre con ella el desconcierto, el desengaño y la distancia infini­ta que, muchas veces, separa los buenos deseos del efec­tivo acierto. Una cosa es querer y otra acertar. Una evi­dencia que forma parte de cualquier biografía y que Mar Coll desarrolla narrativamente con intuición pero tam­bién con aspereza, amargura y cierto pesimismo.

El cariño -aunque arañe- cura y para levantar los escombros de una vida no tenemos más remedio que apo­yarnos en alguien. Aunque sea limitado (otra vez los límites). Es uno de los pocos reproches que le hago a una película que tiene la gran virtud de activar el pen­samiento diseccionando con bisturí, de paso, toda una sociedad que se cree -nos creemos- a salvo por te­ner una nómina, una pareja y una pequeña corte de adu­ladores con los que tomarnos una copa a la salida del trabajo. Al final va a resultar que la vida es un po­co más compleja…

Publicado en filasiete

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