En largo: La isla mínima

Aunque no fue su primera película, sino la quinta, muchos empezaron a fijarse en Alberto Rodríguez después de Grupo 7, un thriller policiaco hecho a la medida del -buen- cine americano (que de este género sabe tela).

En La isla mínima Rodríguez confirma que lo de Grupo 7 no fue un golpe de suerte y ha entregado un solvente thriller más negro que policiaco que, de momento, aunque quedan todavía muchos meses para terminar el año, es la máxima favorita a llevarse los laureles de la mejor película española del 2014.

La historia arranca, de nuevo, en territorio conocido, en un pequeño pueblo de las marismas del Guadalquivir, en los ochenta, recién terminada la dictadura. Dos policías, uno de ellos con un oscuro pasado represivo y otro más joven y muy crítico con el franquismo, tendrán que resolver la desaparición de dos hermanas adolescentes. La investigación les irá adentrando en una sórdida trama de abusos, engaños y silencios cómplices.

Es un acierto que Alberto Rodríguez solo incoe una trama política que hubiera convertido La isla mínima en Cuéntame. Está ahí como elemento del paisaje, una especie de detalle geolocalizador que se abandona pronto para que la película se zambulla en el elemento más valioso, un inquietante thriller que coge por las solapas al espectador en los primeros minutos y no lo suelta hasta que termina.

Sin ser redondo –para ser redondo le falta un final que lo sea- estamos ante un thriller casi ejemplar, con un ritmo ajustadísimo que va sumando suspense a la acción con la misma precisión con la que se añaden elementos químicos en una probeta, unas magníficas interpretaciones y un magistral empleo de la elipsis.

Como hiciera con Mario Casas en Grupo 7, Alberto Rodríguez arranca a Raúl Arévalo la mejor actuación de su carrera, una medida interpretación que consigue que, a pesar de los estereotipos propios del género, se alce un verdadero personaje individual.

En cuanto al manejo de la elipsis, el cineasta andaluz demuestra que no hay nada tan terrorífico como el negativo de unas fotos, una puerta que se cierra o contemplar desde lejos los prolegómenos de un espeluznante crimen que nunca llegaremos a ver. Eso lo sabían los clásicos y es bueno que al espectador actual –sometido a todo tipo de violentos ataques de casquería- se lo recuerden de vez en cuando.

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