En largo: Birdman

Vayamos en directo, que lo primero es lo importante: Birdman me parece lo mejor que he visto en la pantalla grande desde hace muchos meses y creo que pasará mucho tiempo antes de que vea algo parecido. González Iñárritu ha rodado una película magnífica, una inteligente sátira sobre la cultura del espectáculo con un envoltorio formal que roza el prodigio.

Lo explico ahora. El cineasta mexicano —que había patinado en Biutiful— se mete entre bastidores de un teatro de Broadway para contarnos una historia —en sí— poco original: la de un actor en horas bajas que, además de recuperar la fama que tuvo en su momento, quiere conseguir el prestigio que siempre se le negó por interpretar a un superhéroe de denostado cine comercial. La riqueza del guion de Birdman es que, a partir de esta casi anécdota, González Iñárritu y sus coguionistas construyen una densa trama de temas colaterales de dolorosa actualidad que hablan, en el fondo, de las heridas mortales de lo que todavía llamamos civilización occidental: su insoportable levedad, su angustiosa búsqueda de reconocimiento social, su ridícula egolatría, su triste relativismo, su complaciente ignorancia. Un cocktail explosivo que estalla en la cara de los personajes —ególatras, vanos y superficiales— en forma de profunda infelicidad.

El cineasta mexicano ya había explorado la insatisfacción del ser humano en el resto de su filmografía, pero paradójicamente es aquí, en una comedia, donde este análisis alcanza su mayor profundidad. Entre otras cosas, porque Iñárritu no solo reflexiona sobre las causas de la infelicidad, sino que muestra cómo algunas de las salidas de emergencia que plantea nuestra sociedad (desde la fama al prestigio, pasando por el sexo o el bienestar económico) dan contra un muro.

Y llega aquí la verdadera genialidad de Birdman: la respuesta sutil a este grito de cada personaje (que en el fondo no deja de ser el de cualquier ser humano que en una era de comunicación atronadora y mensajes frenéticos se plantea qué —añadan su palabro preferido— hace en el mundo). Y digo sutil porque la conclusión es tan elegante, tan inteligente y emocional, tan —en el fondo— subliminal, que dejará a más de un espectador huérfano de ella.

Porque Iñárritu da una respuesta no a través del argumento o de las líneas de diálogo sino a través de la forma. Para eso, elige a un maestro en el arte de dar sentido a la fotografía: Emmanuel Lubezki, el director de fotografía de Terrence Malick, y acompaña su película de una rotunda banda sonora apoyada en la batería. Un falso plano secuencia sigue a los personajes durante las dos horas de metraje sin detenerse en ningún momento, en un aparentemente confuso ir y venir de situaciones, impactos emocionales, peleas y cavilaciones materializadas en voz en off. Una steadycam nerviosa, casi siempre aérea, raramente serena y nunca fija en el suelo. Al movimiento se le suman el ruido, los tambores, la batería in crescendo, la explosión de los platillos. Birdman es prisa, nervio, estruendo, agitación, bullicio, evasión, fuga, ignorancia. O quizás, dicho —sin decir— de otro modo, es silencio, raíces, reflexión y pausa. Sencillamente prodigioso.

Que los actores estén soberbios en una película soberbia es lo de menos. Cuando una pieza está tan milimétricamente bien trabajada es raro que alguien desentone. No pasa en las grandes sinfonías. Y no pasa en Birdman.

Crítica publicada en Icmedia

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