En largo: Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia

A Una paloma… le pasa lo que a muchos ganadores de festivales (esta película ganó el León de Oro en la pasada edición de Venecia): que deleitan a la crítica mientras el público huye de la sala. Sirva esto para avisar que todos los logros que subrayaré en las siguientes líneas no evitan que estemos ante una película minoritaria que requiere un cierto grado de cinefilia para disfrutarse.

El carismático cineasta sueco Roy Andersson termina con esta película su trilogía de la existencia. La cinta es una colección de 39 escenas, algunas ligadas entre sí, otras, auténticos versos sueltos, que muestran la banalidad y el vacío que paradójicamente envuelven muchas vidas. Los personajes centrales son dos hombres maduros, dos auténticos perdedores, que recorren las calles tratando de vender unos artículos de broma tan tristes, antiguos y apolillados como ellos mismos. También circulan por la película bailarinas gordas, taberneras cojas, viejos borrachos sordos como tapias y el ejército sueco antes y después de perder en 1709 la batalla de Poltava contra los rusos.

Una mezcla anacrónica y bastante alógica que funciona gracias a la coherencia del tono y el discurso –absolutamente existencialista- que defienden las diferentes historias. La estética, plomiza, gris y al mismo tiempo mimada hasta el detalle –cada escena es un cuadro donde no hay elementos superfluos- ayudan también a dar solidez a una película que, con 39 episodios, podría ser totalmente caprichosa y deslavazada. La música –capítulo aparte que daría para una tesis pues se apoya en canciones populares absolutamente reconocibles- funciona como un contrapunto muy inspirado.

Pero lo dicho, todos estos alardes de buen cine no impiden que la propuesta sea demasiado radical. El humor está presente en la película pero de forma excesivamente irregular y junto a escenas absolutamente conseguidas e hilarantes (la anciana madre moribunda que no quiere marcharse al otro barrio sin su bolso) hay otras que duelen demasiado (como la extraña pira humana de hombres negros frente a ricos ciudadanos suecos que toman el té y que recuerda a la perturbadora escena inicial de World of Glory, el multipremiado corto de Andersson que comparte con esta película más de una línea argumental).

Por otra parte, la reflexión del cineasta sueco, que golpea al espectador en forma de pregunta -¿se puede usar a un hombre sólo por obtener placer?- o de silencio, aunque sea certera y atinada es también oscura y pesimista y ese nihilismo puede terminar por agotar al espectador…si no le han agotado antes los colmillos de vampiro que –con excesiva reiteración- venden los protagonistas.

Crítica publicada en filasiete

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