Camino al Oscar 2016: Spotlight

En el año 2002 un grupo de periodistas de Spotlight –un suplemento del Boston Globe– comenzó a investigar unos delitos de pederastia cometidos por sacerdotes católicos. El resultado de la investigación fue un demoledor reportaje que, además de ganar un premio Pulitzer, provocó una conmoción en la Iglesia americana y la dimisión del cardenal Bernard Law, arzobispo de Boston.
Spotlight aspira a seis importantes estatuillas. Estamos ante un solvente thriller periodístico dirigido por Tom McCarthy (Win WinThe Visitor) que construye un relato sólido, bien documentado y, en cierto modo, poliédrico (en la red de encubridores hay jefes de la Iglesia… pero también periodistas perezosos), que va dando voz a los diferentes protagonistas de la investigación y desmadejando laboriosamente la trama de dolorosos sucesos.
Desde el punto de vista narrativo, la película es un modelo de ritmo en la dosificación de los datos y en los puntos de giro (dos aspectos esenciales en este género). Se agradece además la contención tanto en la historia, a pesar de algún pasaje explícito, como en el discurso, que trata de ser equilibrado. No es fácil porque el tema es muy duro y, aunque la película evita salirse de los límites del género (no es una película sobre la pederastia en la Iglesia católica sino sobre una investigación periodística), no siempre lo consigue. Hay varios momentos parciales, y en cualquier caso, se echa de menos algún contrapunto al mostrar la Iglesia de Boston (sí lo hay en el retrato de la profesión periodística, que se refleja con claros y oscuros).
En cualquier caso, para enfrentarse a esta película, que evidentemente tiene una lectura al margen de sus valores cinematográficos, es bueno conocer algunos datos de aquella investigación y ser conscientes de la importancia de la enérgica actuación de Benedicto XVI y su famosa tolerancia cero, seguida punto por punto por el Papa Francisco. En la actualidad, la pederastia se denuncia, se persigue y se condena, pero hace quince años no era así. Desgraciadamente, el modo de abordar este crimen (tanto en la Iglesia como en otras instituciones, incluso en la propia familia) era absolutamente desafortunado: un parche que terminó en algunos casos perpetuando el delito.
Que en el paso del silencio a la tolerancia cero, hayan influido los medios de comunicación dando publicidad a estos casos, no lo duda nadie. Como tampoco duda nadie que, en el ánimo de estas publicaciones, había desde un sincero afán de llegar a la verdad hasta un deseo menos noble de atacar a la Iglesia católica. En el fondo, importa poco la intención cuando la denuncia es cierta: no es la verdad lo que hace daño a la Iglesia, sino el pecado. Y en ese sentido, unos y otros ayudaron a un cambio y una renovación que eran necesarios.
Crítica publicada en Aceprensa

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