Mamma mía: guilty pleasure lo llaman...

Lo reconozco, aunque quede fatal reconocerlo. No es una buena película pero no me canso de verla...


Algunos datos para refrescar la memoria. Abba fue un cuarteto musical sueco de pop que, después de ganar el festival de Eurovisión en 1974, saltó a la fama. Y allí estuvo hasta su disolución en 1982. Aunque hubo tiempos en los que defender sus canciones era sinónimo de infumable cursilería, la realidad es que -en una versión u otra- media humanidad ha tarareado Chiquitita, Dancing Queen o Super Trouper. Y la prueba es que, a estas alturas, Abba ha vendido más de 350 millones de discos y, con motivo del estreno mundial de la película, su célebre recopilatorio Gold se ha colocado en lo alto de las listas de más vendidos en un buen número de países (y eso que el grupo lleva 25 años separado).

En 1999 se estrenaba en Londres, dirigido por Phillyda Lloyd, el musical que Catherine Johnson había escrito basándose en las canciones de Abba. El fuerte del grupo no son sus letras, así no debió de resultar fácil adaptarlas a una narración medianamente coherente. Lo que salió es la historia bastante boba de una joven, hija de madre soltera, que en la víspera de su boda decide averiguar quién, de los tres amantes ocasionales de su madre, es su padre. A pesar de este argumento, Lloyd construyó un buen musical de gran éxito. El futuro estaba claro: tenía que llegar la película. Y llegó de la mano de la propia Phillyda Lloyd y de un reparto de lujo (toda una Meryl Streep magníficamente acompañada por Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgård).

Como es habitual en estos casos, la película tiene las mismas virtudes y los mismos defectos que el musical. La historia sigue dando para lo que da: para muy poquito. Los personajes femeninos son arquetipos y las interpretaciones están forzadas, especialmente en los momentos cómicos (quizás porque Lloyd es sobre todo directora de teatro y manifiesta algunos problemas, tanto para acertar al poner la cámara, como para dirigir actores). Ese tono histriónico de algunas escenas lastra un conjunto que habría ganado muchos enteros con algunas gotas más de sutileza. Y de hecho, mejor suerte corren los protagonistas masculinos, a los que no se les obliga a gesticular y bailar como histéricos.

De todas formas, la historia, e incluso el tono, es lo de menos en un espectáculo que va por otros derroteros. Aquí la clave está en la música: canciones muy bien hiladas, bien coreografiadas, perfectamente orquestadas y -en la mayoría de los casos- notablemente interpretadas. El escenario de idílica isla griega añade vistosidad al conjunto y el rodaje de algunos números -a caballo entre el homenaje al musical clásico y la estética videoclipera- puede gustar más o menos (volvemos a lo de Lloyd y su pasado teatral), pero resulta eficaz.

Dice Meryl Streep que las canciones de Abba “viven dentro de nosotros. Cuando empecé a aprenderlas, me di cuenta de que me las sabía. Son increíblemente pegadizas”. Tiene bastante razón. Mamma mia! no es una buena película, pero es un entretenidísimo musical.

Crítica publicada en Aceprensa

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