Cazafantasmas: No os perdáis el final, podéis perderos todo lo demás

En 1984, apoyándose en una historia bastante tontorrona –la de un grupo de parapsicólogos en paro que deciden montar una empresa para cazar espectros–, un grupo de actores con una estimable vis cómica –encabezados por Bill Murray y Sigourney Weaver– y, sobre todo, un pegadizo tema musical, Cazafantasmas se convertía en un taquillazo mundial. Desde el punto de vista cinematográfico, la película era corrientita pero fue un auténtico blockbuster, nunca mejor dicho.
32 años después, Ivan Reitman cede la batuta de la dirección (aunque sigue figurando en los créditos como productor) a Paul Feig, realizador de la sobrevalorada (no por la crítica sino por el público) La boda de mi mejor amiga y un par de comedias similares con reparto mayoritariamente femenino. Por eso no es sorprendente que, para actualizar la versión, Feig, autor también del guion, haya acudido a sus actrices de cabecera. Alrededor de esta decisión se ha montado una pequeña controversia –que huele a campaña de marketing– entre defensores y detractores del “cambio de sexo” de los protagonistas.
Falsas polémicas al margen, el verdadero problema de estos nuevos cazafantasmas es que, si la primera película era mediocre, esta es directamente mala. No hay ninguna innovación en la historia, las protagonistas son bastante desagradables y no hay manera de empatizar con ellas (no porque sean mujeres sino porque sus personajes están escritos con un par de brochazos), y el humor es absolutamente básico.
¿Qué queda? Mucho efecto especial, mucho fantasma volando por la ciudad, muchos fuegos artificiales, los simpáticos cameos de Murray y Weaver… y el famoso tema musical. En realidad, lo mejor de la película son los créditos finales. 10 minutos festivos que tienen su gracia. El resto, me sobra. Y, con todo, será una de las pelis del verano. Porque no dudo que Sony ha elegido bien la fecha para un estreno tan evanescente.
Crítica publicada en Aceprensa

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