Rumbo al Oscar 2016: El olivo

Mi favorita, a años luz. Crítica publicada en Fila Siete
Reconozco que esperaba con curiosidad el nuevo título de la directora de películas tan sugerentes como Tam­bién la lluvia, Mataharis o Te doy mis ojos. Icíar Bo­llaín ha demostrado en su ya amplia filmografía ser una atinada retratista de las relaciones humanas. En es­te caso, parte de una pequeña anécdota -la tristeza en que queda sumido un anciano cuando arrancan de sus tierras un olivo centenario- para reflejar el inten­so, frágil, doloroso y emotivo lazo que liga a una gene­ra­ción con la siguiente. La cinta entra de lleno en un te­rreno que apenas se ha atrevido a pisar la filosofía: la antropología ecológica o, dicho de otro modo, la relación entre el hombre, la naturaleza y la cultura.
Pero entra desde una perspectiva cien por cien cine­ma­tográfica. Es relato dramático puro y duro. No esta­mos ante un documental, ni siquiera -aunque hay briz­nas de este género- podemos hablar de cine social. Es­tamos ante una road movie de gran riqueza narrati­va. Una película donde cada personaje, protagonistas pe­ro también secundarios, dibuja su individualidad y de­sarrolla su propio arco dramático.
Reconozco que mien­tras veía -o mejor dicho, disfrutaba- la película no dejaba de pensar en el magnífico tra­bajo que ha he­cho Paul Laverty, uno de los guionistas de cabecera de Bollaín(y de Ken Loach). El oli­vo es lo que es, en gran parte, porque hay un libreto es­crito con mimo, con profundidad, evitando los luga­res comunes y, al mis­mo tiempo, tratando de llegar al al­ma común que nos hace humanos. A esa búsqueda del amor, de la verdad, de la felicidad que no encontra­mos en lo material y que nos llega, como a los árboles, co­mo al viejo oli­vo, a través del suelo y del cielo: de la luz y las raíces. De lo que es más grande y anterior a nosotros; de la Na­turaleza, la familia, la tradición…
Hay mucha sabiduría concentrada en El olivo. Hacía tiem­po que no veía en la pantalla una historia tan gran­de y tan densa… y menos encerrada en un argumento tan sencillo. Quizás es porque estamos ante una pe­lícula que, a ratos, más que cine, es poesía pura.

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