Café Society: Una espumosa copa de vino blanco

Si de algo no se puede acusar a Woody Allen es de falta de lealtad a su público. Cada año, sin excepción y por la misma fecha (por Cannes), Allen entrega a sus espectadores un cuento. Porque ahora, más que películas, el realizador de Brooklyn escribe y rueda cuentos. Cuentos que son versiones retomadas, retocadas y adornadas de las numerosas películas que componen su filmografía.
Y no seré yo quien critique esta monótona cadencia, que, acostumbrado como está el crítico medio a tragarse de todo, las películas de Allen no dejan de ser un sugerente aperitivo o un agradable postre. Desde hace años solo hay dos posibilidades: o dulce o salado, pero efímero y pequeño todo. O Allen se adentra -un poco, no vayamos a exagerar que no hablamos de Match Point– en el drama romántico con alguna tintura existencial (es el caso de Irrational Man) o se decanta por la comedia romántica (Midnight in Paris o Magia a la luz de la luna).
Café Society pertenece a la segunda categoría, a los postres. Una comedia romántica ambientada en Los Angeles en los años 30 y con el mundo de la industria del cine como telón de fondo. Allen cuenta -un cuento con voz en off de principio a final- la historia de amor entre un joven neoyorquino que viaja a Los Angeles para comerse el mundo y una chica espontánea y atractiva con un importante dilema afectivo.
El universo Allen está presente desde el primer fotograma. En el fondo -los temas de siempre, la infidelidad, el amor no correspondido, la insatisfacción vital, la religión, el miedo a la muerte-, en los paisajes -Nueva York, los gangsters, los garitos, el jazz-, en la escritura (hay líneas de diálogo conseguidísimas) y en la forma. Una forma que Allen -quizás consciente de que los temas y el discurso es el mismo- cuida cada día más. En ese sentido, la película brilla por una fotografía mimada al detalle, una elegante iluminación y puesta en escena y un vestuario impecable (con guiños sorprendentes como esos contemporáneos calcetines con sandalias que muestra Kristen Stewart).
También, como en el resto de su filmografía, desfilan por la pantalla actores tan magníficamente dirigidos que no parece que haya nadie detrás guiándolos. Jesse Eisenbergcompone un reconocible alter ego de Allen con un personaje a caballo entre el apasionamiento, la ingenuidad y la torpeza; Kristen Stewart (que está haciendo esfuerzos meritorios para que olvidemos a Bella) consigue dar forma a un personaje mucho más evanescente y Steve Carell borda su papel de tiburón de los negocios herido por las flechas de Cupido (que en la filmografía del director neoyorquino más que flechas parecen misiles).
El problema, como en el resto de la filmografía de Allen desde hace años, es que detrás de esta historia -bien contada, repito- hay poco más que fachada y grandes dosis de nostalgia e insatisfacción. Café Society vuelve a hablar de deseos incumplidos, de un amor que aspira a ser eterno y se queda en la epidermis, de la incapacidad del ser humano para ser fiel y para ser feliz. Pero de todo esto habla sin dramas, con la frivolidad marca de la casa. Y al final, más que aperitivo o postre, Café Society es una espumosa copa de vino blanco. Deleita mientras se gusta… y no deja ningún recuerdo.
Crítica publicada en Fila Siete

Comentarios