Rumbo al Oscar 2017: Fences

De Fences se sale como se sale de un ring de boxeo después de caer derrotado. Exhausto, noqueado, casi sin aire. Magullado y herido en las manos, en los pies, en la cabeza y, sobre todo, en el alma. Y da igual que la acción transcurra en Pittsburgh, en los ya muy lejanos años 50 y que los protagonice un matrimonio afroamericano que sufre todavía el estigma de ser ciudadanos de segunda. Da igual que sepamos que lo que sucede en la pantalla no es otra cosa que adaptación de una premiadísima obra de teatro de August Wilson, concretamente la sexta de las diez piezas de las que consta el “Ciclo Pittsburgh” que resume un siglo entero de la vida de los afroamericanos en Estados Unidos. Incluso llega a ser superfluo saber que Denzel Washington interpretó decenas de veces en los escenarios de Broadway el papel de Troy Maxon –un hombre con la cicatriz del menosprecio- antes de dirigir esta adaptación al cine siguiendo el deseo del propio Wilson que no quería que un blanco llevara Fences a la pantalla grande porque, según él, nunca la entendería.

Son datos de contexto, lecturas de erudito, sabiduría de cinéfilo que resultan banales cuando, por fin, nos enfrentamos a la obra en cuestión. 133 minutos de electricidad pura en un solo escenario. La casa de Troy y Rose –interpretados por Washington y Viola Davis- se convierte en el escenario donde un maduro matrimonio negro, acompañado de un puñado de personas que aparecen puntualmente, se abre en canal para mostrarnos su pasión, sus aspiraciones, sus deseos, sus frustraciones. En definitiva, sus sueños rotos y, en medio de ellos, a pesar de ellos, su lucha por la vida y su decisión de no rendirse.

Troy Maxon recoge basuras en el mismo camión que aspira a conducir. Soñaba con ser jugador de béisbol y no pudo por su raza. Ha pasado por la cárcel. La madre de su primer hijo le abandonó y, ahora, una frívola relación amenaza lo único solido que hay en su vida: su matrimonio. Denzel Washington compone un personaje que, como reconoce su mujer en un momento de Fences, lo llena todo. Es proverbial la interpretación de un actor que desaparece literalmente para dejar vivir solamente al personaje. 

Junto a él, en el ring, pelea una soberbia Viola Davis que también había interpretado la obra de teatro en Broadway. Frente al torbellino de energía y vaivenes de su marido en la ficción, ella es sólida como una roca. Una mujer fuerte, enamorada y, al mismo tiempo, sabia. Muy sabia. Muy consciente del tiempo que le ha tocado vivir. Y muy consciente de las heridas y cicatrices del hombre con el que convive. Cuando en el tramo final de la historia, su personaje destape, por fin, el frasco de las esencias de sus decisiones, descubriremos lo que solo una mujer de hierro puede hacer por el amor de los suyos. 

En ese momento descubrirá también el espectador que –aunque la historia se desborde a ratos mientras se cocina con demasiada pausa en otros- está ante un texto maravilloso. Ante una penetrante radiografía humana. Ante unos actores que habitan en el territorio de los genios. Ante una película verdaderamente grande.

Videocrítica a pie de pase

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