Rumbo al Oscar 2017: Manchester frente al mar

A la salida del pase de Manchester frente al mar, un periodista utilizó el adjetivo “devastado” y, desde entonces, en mi cabeza, es muy difícil hablar de este drama sin usar el dichoso término. Porque Manchester frente al mar es la historia de un hombre devastado por un terrible suceso que, después de muchos años, sigue quemando la tierra que pisa. Y quizás, mejor dicho, no es solo un hombre devastado, es el retrato de una familia, de un pueblo, de una comunidad devastada por la tristeza, la amargura y la culpa. Manchester frente al mar es una de las películas más tristes que recuerdo. Con una tristeza que se pega a los huesos del espectador desde el primer fotograma –cuando todavía no sabe por qué el protagonista es un muerto en vida– hasta el agridulce final.

A pesar de tanto desconsuelo, Manchester frente al mar se ha colado en todos los premios porque es una película notable, muy notable. Y lo es, fundamentalmente por dos importantes cuestiones: un magnífico guion y un actor sobresaliente. Kenneth Lonergan, que escribe y dirige la película, dosifica maravillosamente una historia que, en manos de otro, podría quedarse en un melodrama televisivo. Consciente de que el material que tiene es ni más ni menos que el dolor insuperable de un hombre, decide no solo contar esta congoja sino inyectársela en vena al espectador. Y lo hace como se hacen estas cosas: despacio, muy lentamente y desde la distancia corta, acercando al protagonista hasta casi hacerlo salir de la pantalla. Lonergan se arriesga con el metraje –dos horas largas son muchos minutos para un drama intimista–, pero cocina de tal forma su historia, con tal intensidad y mimo, que la película resulta absorbente y solo pierde un poco de fuelle y coherencia en la subtrama de los escarceos sexuales del sobrino. El resto es sólido y consistente como una roca.
De todas formas, este consistente guion sería poco creíble sin una interpretación como la que hace Casey Affleck. Es increíble lo que consigue este joven actor, cargándose a las espaldas toda esa enorme angustia y haciéndonos creíble, cercano y real un personaje con muy poco arco de transformación. Porque, que nadie se engañe, que nadie espere encontrar una historia de redención. Recuerden que hablamos de un hombre arrasado, de un muerto en vida. De un hombre sin esperanza en un mundo que, además, no tiene ninguna ventana abierta a la trascendencia. Lo dicho: sencillamente, devastadora.
Crítica publicada en Aceprensa
Videocrítica a pie de pase

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